martes, 29 de mayo de 2012

El churrasco.


Hace un rato andaba yo, ausente y millonario, en el sueño de mi siesta. En él, hacía pocos meses que un jugoso euromillón me había acercado a mis más quiméricos anhelos y, para rematar la faena y sentirme poderoso frente al detestable vulgo por mor de mi intensa y penosa contribución a la hacienda pública, un rasca de la ONCE comprado en una gasolinera de carretera secundaria y una cesta de la asociación de vecinos había terminado de inyectar el capital y las viandas suficientes como para agenciarse un seguro futuro de limosnas salvaconciencias y poco vino peleón.

     En un principio, era un tipo muy fácil de entusiasmar: unos seiscientos sesenteros a los que les tenía ganas desde hacía un tiempo, unas cajas de blanco alemán que antes no podía permitirme y una trabajada unión sentimental y, fundamentalmente, carnal con Mónica -Bellucci, ya sabéis-, tras unas cuantas y regulares visitas a un afamado cirujano plástico, eran ejecutoria más que suficiente para colmar mi existencia de felicidad.

     En mi colchón de agua de tres metros de ancho, tras un feroz y más que plácido acople, Mónica me proporcionaba infinitos mimos mientras me susurraba resoplándome en el cuello, bajo el oído, unas palabrejas de cargadísimo tono sexual que encerraban el decidido ánimo de hacerme volver a la carga; por la ventana entraba un profundo olor a churrasco de afamado chumichurri en la zona y, según las últimas noticias contaban en la inmensa pantalla de plasma que ocupaba la pared de enfrente a nuestra cama, mi jugosa participación en un fondo de inversión no hacía más que acrecentar mi ya de por sí considerable fortuna. La prima de riesgo estaba disparada y Mónica, en esos momentos, también. ¿Qué más se podía pedir?

     A veces, -me recordaba el sueño-, accedía a algún pequeño lujo que me permitía gracias al aumento de mi posición social a costa del peculio y de improbables poses intelectualoides en mundos de moral de humo y nuevos ricos. Me iba a cazar elefantes a Botswana con eminencias y personas de reconocido prestigio entre los que, me contaban, había algún jefe de estado que yo no tenía el gusto de conocer. En estas y otras lides, los europeos eran los más depravados, por cierto: una vez, invitado yo en la Isla de Cerdeña a la llamada Villa Certosa, residencia y lupanar extraoficial de un primer ministro europeo (o eso se contaba en ciertos mentideros), pude ver con mis propios ojos cómo señores muy respetables con elevadas responsabilidades políticas y ya en edad peligrosa para los menesteres en los que abundaban, perseguían desnudos entre sus jardines a una pléyade de despampanantes jóvenes, también desnudas, que habían contratado previo pago gracias a la intervención de un afamado proxeneta y traficante de drogas. A veces el anfitrión bromeaba, con groseros comentarios sexuales, sobre la hipotética presencia allí y las virtudes de alcoba de una jefa de estado rubia, gordita y poco agraciada, cuya mayor fuerza y poder era ser canciller del país más rico y decisivo de su fracasada unión política... A ver cuando volvían a invitarme, por cierto, -pensaba yo-...

     Mientras hacía memoria de todo esto, Mónica, ya encendida, me había ido poseyendo y ahora me tenía completamente arrebatado. Yo ya estaba preparado y entregado vorazmente a juegos sexuales previos que estaban a punto de dejar paso a cuestiones de distinto calado, cuando, en un giro enérgico cargado de intensidad y vehemencia, me pegué una buena hostia contra la mesita de noche que me hizo despertarme violentamente y me dejó apijotado durante unos instantes, aunque en la realidad de quien ciertamente era.

     -Siempre me quedará el churrasco-, me dije poco después, intentando consolarme...


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